El petrodictador

 

Gabriela De la Paz

gdelapaz@itesm.mx

 

 

El Norte (Mexico)

Abril 5, 2006



Los historiadores suelen decir: "felices los pueblos de historias aburridas" para referirse a aquellos países donde las instituciones se han forjado en un ambiente de relativa concordia, que ha permitido una estabilidad social y económica que por lo general se traduce en modernidad, un estado de derecho, alternancia pacífica y equidad.

Por desgracia, la frase no se puede emplear en gran parte de nuestro hemisferio. Especialmente cuando los latinoamericanos hemos probado una y otra vez ser adictos al folclor y alérgicos al pragmatismo, a sentarnos a negociar con los que tienen propuestas distintas a las nuestras. Nos encantan las palabras floridas y los discursos apasionados. Escogemos a los líderes por la esperanza que puedan transmitirnos, no por sus ideas, ni por la viabilidad de sus proyectos.


Rara vez sabemos cómo se harán realidad sus propuestas.


América Latina vivió crisis económicas durante los 80 y la esperanza al final de esa década fue la adopción de las medidas del Consenso de Washington. Y aunque funcionó para algunos, la mayoría siente que es momento de dar un giro a la izquierda y escoger otras alternativas. En casos como Venezuela, la culpa es del capitalismo salvaje, no del indio que lo hace compadre.

 

Las críticas se mezclan con el resentimiento y la esperanza de un Mesías que transforme el entorno. Pero en vez de Mesías aparecen dictadores disfrazados de demócratas, como Hugo Chávez, que se mantienen en el poder despilfarrando dinero del erario en muy publicitados programas para los más pobres, que se reducen a
limosnas políticas: esto es, solucionan problemas de corto plazo, pero nunca aquellos estructurales que les permitan superar su condición.


Chávez ya hubiera sido depuesto de no ser porque el alto precio del petróleo le ha ayudado a crear la impresión de mejoría. Pero también porque la retórica contra la Casa Blanca conservadora es un pretexto para mantenerse en la Presidencia, al estilo de Fidel Castro y para crear su propia milicia. Chávez afirma que Estados Unidos prepara una invasión a Venezuela -el león cree que todos son de su condición- y ha urgido a los ciudadanos a combatirla. En realidad, está creando su propio ejército para cuando surja una oposición fuerte que intente despojarlo del poder cuando los venezolanos se harten de reelegirlo perennemente. Los chavistas darán su vida por él en lo que consigue escapar.


El desempleo ha bajado del 20 a 10 por ciento y esto sería una hazaña, de no ser porque indican un aumento en la nómina gubernamental, cuyas entradas están sujetas al precio del petróleo, que pueden disminuir en un futuro. Mientras tanto, las finanzas públicas son deficitarias, pese a los altos ingresos y el nivel de la población no ha mejorado significativamente con la presente bonanza.

 

La propiedad privada no goza de garantías en Venezuela si Chávez toma el control lo mismo de fincas agrícolas que de empresas petroleras que no siguieron la arbitraria idea de tener al gobierno de inversionista mayoritario. Así ni quien se anime a invertir en Venezuela. Quien no respeta la propiedad privada de los individuos tampoco los respeta a éstos.


Los latinoamericanos solemos ignorar la historia. En México, Luis Echeverría y José López Portillo, que no fueron ni la mitad de lo que es Chávez, nos montaron en una montaña rusa de bonanza petrolera y retórica antiestadounidense que acabó mal para todos, menos para ellos dos. Venezuela debería aprender de nuestros excesos.