La periodista y escritora mexicana Alma Guillermoprieto recorrió Venezuela durante el mes de julio
y escribió tres crónicas para la prestigiosa publicación The
New York Review of Books.
En ellas reflexiona sobre el proceso político venezolano que lidera el
presidente Hugo Chávez y ofrece una desapasionada mirada acerca de los aciertos
y yerros de la oposición y el Gobierno. Hoy, la primera entrega de esta serie
que publica El Espectador en exclusiva para Colombia.
La televisión es su medio
natural: expresivo, franco, apenas un poquito pasado de peso, completamente a
sus anchas, campechano incluso cuando increpa a la prensa o a un miembro
rezagado de su gabinete, Chávez resulta indiscutiblemente fascinante y a veces
hasta entrañable cuando se apodera de los canales de transmisión. En Aló
Presidente, que por lo general comienza alrededor de las 11 de la mañana, suele
entregarse a reminiscencias de algún episodio de su pasado, como la intentona
golpista que lo puso por vez primera en la palestra pública en 1992, cuando era
un teniente coronel soñador. (En momentos como ese, es probable que recite un
poema o que cante).
El Presidente también
comparte brevemente la pantalla con invitados al estudio. Les pide a los
beneficiarios de algún programa particular del Gobierno que describan su
participación en él. A intelectuales y embajadores de visita les pide que
animen a la multitud. Miembros de su gabinete dan su reporte. Los asistentes en
la primera fila escuchan y aplauden, y también, quizás, piensan extensamente en
la cena y en un baño –pues una vez admitidos a un espectáculo que dura mucho
más que los Oscar, a los invitados no se les permite salir–, mientras Chávez
discursea sobre política, Jesucristo, historia, los acontecimientos de la
semana, el béisbol y, en gran medida, sobre sí mismo. El show de Chávez es
interminable, pero como cualquier otro reality, nunca
dura lo suficiente. ¿A quién increpará o despedirá esta vez Chávez el aire?
¿Qué le dirá a su esposa en vísperas del Día de los Enamorados? (La respuesta
es: “Marisabel, mañana te doy lo tuyo”). Y, dado que
ya logró convencer al almibarado baladista Julio Iglesias de entonar O Sole Mio con él y Jiang Zemin, entonces presidente
de
Cuando se toma todas las
estaciones privadas de televisión para la charla –formando una “cadena
nacional”– Chávez está en lo suyo: “¡Qué tal mis amigas! ¡Qué tal mis amigos!
Muy buenas noches. Cadena nacional. No hay límites de tiempo. Hemos vuelto a la
estrategia original. Hicimos un cambio, una curva a la esquina de afuera por
algunas semanas con las cadenas de los jueves. Pero no, hoy volvemos al
lanzamiento original, esto es, cuando sea conveniente, cada vez que sea
conveniente. Pudiera ser una cadena a la semana o tres o cinco cadenas a la
semana, eso dependerá de la dinámica de los acontecimientos.
O una al mes. Ya veremos.
Sobre la marcha vamos tomando la decisión en función de la evaluación de lo que
esté ocurriendo en Venezuela y en el mundo. Y además, sin límite de tiempo. Son
las nueve y cuarto de la noche, pienso que terminaremos al filo de la media
noche. Vamos a hablar de una serie de temas y tengo muchísimo interés en
explicarles, en reflexionar con ustedes, porque estamos en tiempos donde se
requiere mucha reflexión, mucho pensamiento –y acción, por supuesto–. Estamos
viviendo un momento cumbre en la historia de venezuela
y todos los venezolanos y venezolanas debemos estar a la altura de este momento
supremo. ¡Ojo pelao! Alertas. Cuidado, porque hay
muchas campañas que intentan desinformar, todos los días. Debemos entonces
tener las cosas muy claras los revolucionarios. Los bolivarianos debemos
tenerlo claro ¿Qué sucede? ¿Por dónde camina la revolución? ¿Cómo marcha el
proceso revolucionario? Cada día con más optimismo. Cada día tengo más
optimismo. Cada día estoy más alegre: esta mañana cantaba por ahí y esta noche
estaba cantando no recuerdo qué canción. Más adelante, a lo mejor, la recuerdo.
¡Cantando! ¡Feliz! ¡Atendiendo a la gente!
De alguna manera, en la
pantalla, todo tiene sentido. Es difícil imaginar a otros jefes de Estado
presentando este espectáculo semana tras semana, por cerca de seis años. Fidel
Castro es demasiado inhibido. George Bush carece de imaginación, y a cualquier otro mandatario
que se venga a la mente le falta el poder. De éste, el presidente de Venezuela
tiene una cantidad. Hace diez años, cuando era un ex golpista fracasado y
militar retirado, Chávez dependía de sus amigos para cubrir sus necesidades
diarias y de transporte. Hoy, a sus 51 años de edad, está a la cabeza de un
Estado con uno de los mayores flujos de caja del mundo, goza de índices de
popularidad de 80%, enfrenta a una oposición vehemente pero desmoralizada y
quizá terminalmente desorganizada, y, según parece, es un imán para las
mujeres. Ha sido un extraordinario ascenso de poder.
1 Hugo Chávez nació en el
seno de una familia muy pobre en una época en la que el petróleo estaba
convirtiendo a Venezuela en una nación inmensamente rica. Los Chávez vivían
lejos de las provincias donde se desarrollaba el fantástico boom
petrolero, en un poblado en la frontera de los vastos llanos venezolanos. Su
padre, Hugo, terminó el sexto grado y eventualmente logró ser maestro rural,
pero aún así no ganó lo suficiente como para mantener unida a su familia. Luego
de su nacimiento, Hugo hijo y su hermano mayor fueron enviados a vivir en un
pequeño pueblo cercano, Sabaneta, con su abuela
paterna, Rosa Inés. Chávez le ha contado a uno de sus biógrafos, Aleida Guevara, hija del Che, que era un niño activo,
feliz, correteando por Sabaneta después de la escuela
para vender los dulces de frutas acarameladas que su abuela cocinaba en una
olla en casa. Anecdotista simpático, Chávez habla de cuando trepaba árboles de
aguacate, de escapadas furtivas al cine para ver comedias mexicanas, y de
ayudar a la mujer que llamaba Mamá Rosa a regar el jardín, mientras ella les
charlaba a las plantas para ayudarlas a crecer y él les cantaba. Pero también
está esto:
(Luego del nacimiento de su
hermano menor, Narciso, sus padres también se mudaron a Sabaneta)
“y mi padre construyó una pequeña casa... diagonal a la de mi abuela, que
estaba hecha de paja. Mis padres vivieron allí con los otros niños... (La suya)
era una pequeña casa de (bloques de cemento), una casa rural, pero tenía techo
de asbesto y piso de cemento”. Chávez no dice qué pensó de ese arreglo, pero
aun cuando ha mantenido términos absolutamente cordiales con sus padres (su
madre, Elena, es la matriarca de los Chávez), su lealtad y su amor filial están
reservados a la memoria de Mamá Rosa.
Hugo Chávez padre parece
haberle transmitido a su hijo su insaciable deseo de ser alguien, y su amor por
la política. El maestro de escuela sería promovido con el tiempo a director de
educación en su estado natal, Barinas (actualmente es gobernador de este
estado), pero ello no había ocurrido cuando Chávez hijo, contra los deseos de
Mamá Rosa pero buscando abrirse paso en el mundo, decidió enrolarse en
En su biografía
indispensable, Hugo Chávez sin uniforme, Cristina Marcano
y Alberto Barrera Tyszka ofrecen un relato sobre el
futuro presidente, en el cual Chávez aparece como un joven cadete provinciano,
tímido y de buen comportamiento –nada de escapadas nocturnas, parrandas y
tragos–, sopesando siempre sus posibilidades sociales en relación con sus
ambiciones. Ama el Ejército, se siente como en casa en él. Fue el octavo en su
promoción. Juega béisbol, el deporte nacional en Venezuela, más que bien, y sus
compañeros se sorprenden de ver a este provinciano de maestro de ceremonias en
un concurso de belleza –con mucha soltura, uno asume–. Un hombre locuaz y
simpático, a los 21 años –con el título en ingeniería militar y énfasis en
comunicación–, se convierte en la estrella de su propio programa de radio.
Durante casi 20 años,
Chávez abrigó su conspiración vaga y romántica, inspirada no en el Marxismo o
cualquier otra ideología, sino en políticos, intelectuales y combatientes del
siglo XIX, que eran sus héroes incluso antes de ser cadete. Richard Gott dedica útiles capítulos a ellos en su biografía Hugo
Chávez: la revolución bolivariana en Venezuela. Uno fue Ezequiel Zamora, líder
de las fuerzas federales en las interminables guerras de siglo XIX: él peleaba
con el eslogan “tierra y hombres libres, elecciones populares, el horror de la
oligarquía”. Estuvo Simón Rodríguez, el maravillosamente cosmopolita pensador y
aventurero político que firmaba “Robinson” –como Crusoe– y fue mentor de Simón Bolívar. Y Bolívar mismo,
supremo: el valiente y temerario héroe que liberó las provincias andinas una a
una del yugo español y quien tardíamente comprendió que, una vez separadas, las
nuevas naciones de Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia jamás se fundirían
en la gran patria que había soñado.
Chávez venera a Bolívar,
conoce de memoria sus proclamas, considera punto de honor visitar los
monumentos alegóricos al Libertador donde quiera que va: el hogar del héroe en
Bogotá, los sitios de todas sus grandes batallas, el árbol bajo cuya sombra
solía descansar el Libertador. Marcano y Barrera
señalan que desde sus primeras fases, quien habría de convertirse en líder de
Venezuela se empeñó en vincular todos los momentos fundamentales de su propia
vida política con fechas bolivarianas. Una vez en el poder, también cambiaría
el nombre de su país por “
¿Cómo diablos pudo llegar a
Miraflores? Viéndolo canturrear y reclamar y regañar
en las pantallas de sus televisores, los miembros de la desconsolada oposición
luchan por entender. En buena parte, lo logró porque quiso. A los 23 años,
formó su primera célula clandestina dentro del Ejército, trabajó constantemente
para expandirla, recorrió el país con el propósito de consolidar un grupo
central de conspiradores de izquierda quienes, como él, soñaban con una
Venezuela mejor y el papel heroico que tendrían en su génesis. Ellos podían
cambiar para bien su tierra, insistía Chávez, sin saber cómo. Era bueno en
discursos exhortativos tanto a sus tropas como frente a los estudiantes a los
que terminó instruyendo en historia en
Cuando conoció a Herma Marksman, una joven y muy linda historiadora (su primera
esposa, Nancy, y sus hijos estaban de vuelta en Sabaneta),
le dijo de entrada que no podía casarse con ella (en parte porque su madre no
le daría permiso de divorciarse de Nancy) pero que quería que compartiera su
vida y sus sueños con él. Lo hizo, por nueve años, llevando mensajes por todo
el país, tomando notas en reuniones, haciendo las llamadas necesarias para
mantener la conspiración andando. ¿Conspiración para hacer qué? Chávez parecía
estar esperando que una voz interna se lo dejara saber. Contactó a ex
guerrilleros y antiguos líderes de izquierda, vivió de manera modesta, escaló
en las filas. Extrañamente, parece nunca haber pensado en volverse activo en la
política.
2 Chávez desarrolló su
inquietud política en un país que, al igual que él, había mejorado
significativamente sus perspectivas. En
La envidiable estabilidad
política del país fue posible, en gran parte, gracias a la abundancia de
petróleo que salía de sus puertos en aquellos años. Siete presidentes, todos
sobrevivientes de la lucha contra la dictadura, se sucedieron uno tras otro de
manera ordenada, alternando en el poder a dos partidos –uno, Acción
Democrática, miembro de
Pero no todo el ingreso
petrolero se perdía a manos de la corrupción y el manirrotismo:
se crearon ambiciosos sistemas educativos, autopistas, museos, represas y
programas de salud y vivienda para una población que se multiplicaba demasiado
rápido. (El último censo contabilizó unos 25 millones de habitantes). El más
reciente de los despilfarradores del tesoro público fue Carlos Andrés Pérez,
quien nacionalizó la industria petrolera y presidió una era conocida como
En 1988, CAP lanzó
nuevamente su candidatura y resultó victorioso para un segundo período
presidencial. Para entonces un converso al enfoque de mercado conocido como el
Consenso de Washington, Pérez se declaró a favor de una devaluación de la
moneda nacional, aumentos de precios para todos los servicios públicos y el fin
de los subsidios gubernamentales –un grupo de medidas que se estaban aplicando
de manera similar en toda la región con la esperanza de que la economía, si no
se recuperaba, al menos se haría más atractiva a los ojos de los bancos e
inversionistas de Estados Unidos. Tres semanas después, los residentes de
Caracas protagonizaron la primera revuelta del siglo. Miles de caraqueños
bajaron de los cerros donde suelen estar confinados, incendiaron cuadras
completas y saquearon todo lo que hallaron a su paso.
Cuando el Presidente ordenó
al ejército tomar las calles y declaró el estado de sitio, ya docenas de
personas yacían sin vida en las calles. Al final, más de 250 personas murieron.
Chávez quedó con la sensación, como se lo contó a Gabriel García Márquez, de
haber perdido el “minuto estratégico”: gente pobre desesperada atravesaba por
una estrechez económica sin precedentes, mientras que el gobierno la
defraudaba, primero imponiendo medidas de austeridad en lugar de prestarle
asistencia urgente y luego disparándole para sofocar la rebelión. Los políticos
eran corruptos, al servicio de los ricos, e incompetentes para completar.
El sistema bipartidista
civil que Chávez había conocido toda su vida estaba extinto. Pensó que era hora
de entrar en escena y había dejado pasar el momento justo. De modo que crearía
uno nuevo. Cualesquiera que hayan sido sus intenciones originalmente el 4 de
febrero de 1992, cuando finalmente concretó su intentona golpista –para
derrocar a CAP e instaurar un gobierno provisional o abrirle paso a una junta
que convocaría una asamblea constituyente– la rebelión fue un completo fracaso.
Sus compañeros de conspiración de tanto tiempo lucharon con valentía en otras
partes del país, pero el Ejército no se dividió y el propio Chávez se rindió en
Caracas casi sin haber disparado una bala. Sin embargo, su destino estaba
trazado. A la mañana siguiente de haberse entregado, los líderes del Ejército
le permitieron hacer una declaración televisada sobre el fallido golpe con la
intención de que disuadiera a los rebeldes que aún se mantenían en sus
posiciones. Habló menos de 90 segundos, pero fue suficiente para que
estableciera un vínculo emotivo con los televidentes tan intenso, que le
garantizaría un lugar permanente en la política nacional. “Por ahora”, el golpe
había fracasado, dijo, dos palabras que le habrían costado a un golpista común
una sentencia de prisión mucho más severa. Pero este hombre de suerte debe
haber tenido buenos amigos en las altas esferas del Ejército: Chávez y sus
camaradas sólo fueron acusados de “rebelión”. Dos años más tarde salió de
prisión y se le concedió un retiro honorable del servicio. Cuatro años después,
en 1998, luego de tomar la decisión, después de todo, de unirse a la política,
se puso al frente de su movimiento y ganó las elecciones presidenciales de
diciembre con 56% de los votos.
La dimensión de la victoria
de Chávez es interesante, porque durante los seis años que lleva en el poder se
han celebrado varios tipos de elecciones (entre ellas una elección
presidencial, otra para elegir una Asamblea Constituyente y dos referendos) y
su porcentaje de aprobación en esos comicios nunca ha alcanzado el nivel de
60%. En un país donde su audiencia objetivo –los pobres y muy pobres–
representó el 68% de la población el año pasado, casi la mitad de las personas
que acuden a las urnas siguen negándole su apoyo electoral al actual
Presidente. Y casi tres cuartos de la población adulta se ha abstenido de
participar en los últimos procesos electorales. Hugo Chávez, que conoce bien
esos resultados electorales, ha optado por un juego de alto riesgo: gobierna,
no como si fuese el presidente de una nación dividida, sino como si estuviese
investido de un mandato nacional para llevar a cabo su bien conocida Revolución
Bolivariana.
La definición que el
Presidente maneja de
Tres meses después de su
toma de posesión, el nuevo presidente ganó un referendo que lo facultó para
autorizar la convocatoria de una asamblea constituyente, la cual reemplazó la
antigua Constitución “moribunda” por otra que concentra buena parte del poder
en sus manos y que además amenaza con extinguir la existencia misma de una
oposición: actualmente el financiamiento de las campañas electorales de los
partidos políticos por parte del gobierno está proscrito.
Además, la mayoría chavista en
Por su parte, Washington
está trabado en su política exterior con respecto a Venezuela. Aunque el
gobierno Bush aparentemente detesta a Chávez y sus
políticas pro-Castro, Venezuela abastece casi el 15% del consumo petrolero de
Estados Unidos.
3 En el centro de Caracas,
una tarde me senté en una confortable oficina para hablar con Marcel Granier, dueño de RCTV, la más grande cadena de Televisión
en Caracas. Habíamos hablado de las dificultades para operar una estación de
televisión productiva cuando es sujeto de tantas y tan largas interrupciones
inesperadas de sus programas por parte de Chávez. Granier
estaba recordando el día que maleantes chavistas
intentaron incendiar las instalaciones de RCTV (con todo el personal adentro).
Eché un vistazo al panel de pantallas de su oficina y vi
en un canal a un hombre que lucía muy agitado manoteando con la primera página
de El Universal, uno de los principales diarios venezolanos. “¿Ese?”, dijo Granier. “Ese es Isaías Rodríguez –el procurador general–
opinando sobre este o aquel artículo”.
Resultaba alarmante ver a
un ministro del gabinete en una agitación pública por un artículo de periódico,
pero Granier no le prestó mayor atención; este tipo
de cosas suceden todo el tiempo, dijo. Phil Gunson, del Miami Herald y Newsweek, y Juanita León, de la revista Semana de Colombia,
también han sido sorprendidos de verse denunciados al aire por funcionarios de
alto nivel –León por el propio Chávez, en un “Aló Presidente” dominical–, una
especie de distinción.
Luego leí la transcripción de la conferencia de prensa de Rodríguez: sus
acusaciones eran complicadas y confusas, pero entendí que se quejaba de que su
oficina estaba siendo sistemáticamente atacada por un cuerpo esquemático de
abogados y organizaciones internacionales de derechos humanos, específicamente
Human Rights Watch. Estos
estaban, decía él, trabajando en concierto con la prensa y el Departamento de
Estado de EU, y la prueba –o parte de la misma, al menos– era que el periódico
El Universal había escrito un editorial alegando que la administración de
justicia era corrupta, ineficiente y apenas funcional bajo su comando. Esto no
era justo, venía directamente del nuevo manual de golpes de
En realidad, Rodríguez
tenía a mano un recurso más expedito. Podía llevar al autor del ofensivo
editorial a la corte bajo cargos de insultar, o manchar el honor, de un
servidor público. Existe una vieja ley que cubre dicha ofensa, pero casi nunca
fue aplicada en el pasado y la pena consistía en el pago de una multa. Sin
embargo, gracias a una revisión del Código Penal por parte de
Otros ataques a aquellos
que se oponen a Chávez son más aterradores pero apartados del ojo público; en
el Ejército, el castigo por oposición se ha vuelto despiadado, y a veces fatal.
Cuando cinco cabos fueron incinerados en sus celdas, un general salió al aire a
explicar cómo era posible que pudieran haber utilizado sopletes para matarlos.
Fue sentenciado a cinco años de prisión.
El instrumento que Hugo
Chávez utiliza con mayor frecuencia contra sus detractores es conocido en todas
partes simplemente como la lista, la cual contiene las firmas que se
presentaron en 2004 para solicitar un referendo para revocarle su mandato. Los
firmantes de esta lista no tienen acceso a cargos en el gobierno, tampoco se
les considera elegibles para muchos de los programas de bienestar social
impulsados por el Presidente ni para obtener contratos otorgados por el
gobierno.
En el pasado, esta lista se
utilizaba subrepticiamente: los funcionarios pedían la cédula o el número de
identificación del registro electoral y luego revisaban si el ciudadano en
cuestión estaba en la lista. Pero desde diciembre, cuando un miembro chavista de
Aún es demasiado pronto
para juzgar qué tanto han servido los muchos ambiciosos programas de educación
y de bienestar social lanzados por el presidente Chávez –conocidos como
misiones– para subsanar las profundas desigualdades que imperan en Venezuela.
Pero desde ya los aflige un defecto fundamental: como todo lo que Chávez crea,
su existencia depende de él. Esto parece ser el reflejo de la sensación que
aparentemente tiene el Presidente de que todo lo que ocurre, lo que ha ocurrido
–en Venezuela, y también en el hemisferio–, de algún modo está relacionado con
él.
En una reunión con
inversionistas uruguayos el pasado mes de julio, Chávez observó que faltaban
pocos días para celebrar el Día de
Es en estos términos
alucinantes que puede uno fácilmente acabar discutiendo la realidad política de
Venezuela. En Caracas hoy muchas veces parece que no hubiera temas, sino sólo
furia biliosa o devoción incondicional –o desconcierto pasmado–, todo provocado
por un presidente que absorbe tanto oxígeno que no deja espacio en el cual uno
se pueda sentar a discutir, por ejemplo, de los muchos méritos de su programa
de salud Barrio Adentro, sus relaciones con Cuba, o si las desbordantes
reservas internacionales de la nación deberían utilizarse simplemente para
apuntalar el tipo de cambio o para financiar, tal como Chávez lo ha hecho, sus
misiones cada vez más numerosas.
¿Cómo puede uno discutir
razonablemente si la alta administración de la compañía petrolera estaba
envuelta en una conspiración golpista mientras el Presidente está ocupado en la
salida de siete de ellos en “Aló Presidente”, diciendo: “¡Están despedidos!” y soplando
un silbato de árbitro? ¿Cómo puede un entrevistador, en este caso Jorge Gestoso de CNN en español, discutir los méritos de dicho
método con Chávez, cuando Gestoso debe comenzar por
insistirle que ese hecho en realidad ocurrió? El uso oficial de mentiras, las
declamaciones terroríficas de la oposición, el abandono de la civilidad en la
prensa y la televisión suceden por fuera del ámbito de la política y eliminan
la razón.
El problema es que todo
esto desafía la descripción. Una observadora ha escrito: “... Por eso es que
los críticos están totalmente perdidos; no saben cuál es el punto débil de la
política chavista, porque es una nunca vista
combinación de cosas poco conocidas con un resultado totalmente nuevo. El
elemento populista, el aura de niño bueno, el espíritu marcial, la testarudez,
el delirio bolivariano, el pragmatismo económico y la arbitrariedad monárquica
son conocidas, como también el autoritarismo del viejo compadre caudillista.
Nada de eso es nuevo, pero la combinación de todo (a lo cual habría que agregar
su suerte, de la que él tiene mucha) es lo que resulta incomprensible”.
Así, en un complicado, a
veces brillante diario, la columnista Colette Capriles, quien escribe como si hubiera gastado buena parte
de los últimos años tirada en su sofá en un estado de depresión moderada, ve
los eventos desplegarse en la pantalla de televisión.
Incluso después de una
visita de apenas dos semanas, uno puede comenzar a sentirse claustrofóbico en
Venezuela; es como si todos allí vivieran adentro de la cabeza de Chávez, con
algunos tratando de escapar entre aulliditos lastimeros. Pero el Presidente no
tiene preocupaciones a la vista. Las misiones –en pro de la cultura indígena,
la alfabetización, la nivelación académica, la atención médica en los barrios,
la defensa de los niños de la calle– prosperan, en gran medida, porque hay
decenas de miles de cubanos altamente capacitados a quienes Fidel Castro ha
enviado a encargarse de ellas, y también porque cuentan con un generoso
financiamiento del cual pueden beneficiarse los ministerios de la salud y
educación. Quién sabe, dice Chávez, podría seguir en el poder hasta 2024, o
incluso 2030
Y por qué no? En un país
con una economía equivalente a la de